Volver al cuerpo, el arte de habitarse
Hace muchos años, cuando aún no se hablaba tanto de “habitar el cuerpo” como algo bonito, normalizado y visible, yo ya buscaba reconectarme conmigo a través del movimiento.
Tomé clases de danza en varias ocasiones y en diferentes escuelas, siempre por períodos cortos. Una de esas veces fueron dos meses en una escuela muy “top”, buenos profesores, técnica impecable, espacios amplios, muchos estudiantes… todo lo que, en teoría, debía ser perfecto.
Pero en el segundo mes algo empezó a incomodarme. Salía de las clases con dolor de estómago. Me ocurrió varias veces. Me pregunté si debía seguir y llegué a la conclusión de que no. No en ese momento, no con ese profesor.
El profesor me decía que “no me observara tanto”. Pero en sus palabras faltaba algo, tacto, humanidad, una comprensión real de lo que estaba pasando. No se trataba de que yo quisiera juzgarme o mirar cada movimiento con crítica; era automático. No me enseñó cómo dejar ese juicio a un lado, cómo soltarlo para conectar con lo que mi cuerpo quería expresar y dejarlo fluir.
Fue ahí cuando entendí algo, volver al cuerpo no es un comando mental que se cumple por voluntad. Es un proceso que requiere paciencia, guía y espacios seguros. Significa reconocer las necesidades únicas de este cuerpo, entenderlo como un vehículo que interactúa con el mundo y con nuestras emociones.
El cuerpo es un lenguaje. Nuestros músculos, nuestro rostro, nuestra postura, todo habla incluso cuando no pronunciamos palabra. Quienes hemos estudiado o explorado esto sabemos que la lectura corporal es profunda, reveladora y casi mágica: es intuición refinada.
En mi caso, este camino de reconexión ha sido también un reencuentro con mi sello, con quién soy hoy. He aprendido que, si queremos vivir con gozo y consciencia, si queremos crear y habitar el placer, debemos ser conscientes de los matices, de cómo vibra nuestra voz, de cómo cada emoción tiene su propia energía, de cómo el miedo, la alegría, la tristeza o la vergüenza no solo se sienten, sino que se manifiestan en nuestra presencia física.
Aprender a relacionarnos con el cuerpo no significa que dejaremos de sentir frustración o tristeza. Significa que sabremos gestionarlas, darnos un espacio, escribir, respirar, movernos para que la energía se libere y podamos volver al centro.
Vivir, al final, es un acto de escucha. Es aprender a amarnos, gestionarnos y actuar con coherencia hacia la persona que decimos que queremos ser.
A veces me tiento a quedarme en lugares que ya no me nutren. Necesito tiempo para entender, para digerir, y luego moverme en la dirección que quiero. Tal vez no siempre sea rápido, pero es constante, siempre doy pasos hacia la construcción de la vida que elijo, aunque sea lento (en mi cabeza).
En todo lo que estoy creando está la vida misma. No hay manual para esto. Navegar la vida es permitirnos fallar, explorar, llorar, equivocarnos y también disfrutar.
Quizás el propósito final sea este, aprender a disfrutarnos y a crear una vida que nos quiera de vuelta, que nos haga sentido, que nos conecte con lo que realmente importa. Una vida vivida desde quienes realmente somos.
Romy