¿Qué es habitar el cuerpo realmente?
¿Y por qué nos cuesta tanto…?
Últimamente he pensado mucho en esto.
Porque durante años creí que estaba presente en mi vida. Estaba haciendo cosas, trabajando, creando, tomando decisiones, relacionándome. Pero muchas veces estaba viviendo desde la mente.
Pensando la vida. Interpretando la vida. Intentando entender todo.
Y sin darme cuenta de cuánto me costaba simplemente sentirla.
Por eso hay una frase que últimamente me acompaña mucho:
habitar el cuerpo.
Y creo que por eso la idea de habitar el cuerpo me conmueve tanto.
Porque no la siento como algo que haya que aprender.
La siento como un regreso.
Como volver a una casa que siempre estuvo ahí.
Volver a sentirme mientras vivo.
Notar cuándo algo me expande y cuándo me contrae. Cuándo estoy cansada. Cuándo necesito descansar. Cuándo algo se siente verdadero. Cuándo algo ya no lo hace.
Hay algo muy simple y muy profundo en eso.
Porque la vida ocurre a través del cuerpo.
No a través de las ideas que tenemos sobre ella.
No a través de las explicaciones.
No a través de todo lo que intentamos entender.
La vida ocurre aquí.
En la respiración. En el pecho que se aprieta. En el cuerpo que descansa. En la piel que siente el sol. En las lágrimas que aparecen antes de que existan las palabras.
Y quizás por eso nos cuesta tanto volver.
Porque muchas aprendimos a sobrevivir desconectándonos.
A seguir adelante aunque estuviéramos agotadas.
A ignorar lo que sentíamos.
A endurecernos para sostener más de lo que podíamos.
A seguir funcionando incluso cuando el cuerpo intentaba decirnos que algo no estaba bien.
Pero el cuerpo siempre sigue ahí.
Esperando.
No para exigirnos nada.
Solo para recordarnos el camino de regreso.
Y cuando pienso en habitar el cuerpo, creo que se parece a cosas muy simples, pero profundamente humanas.
Sentirte mientras vives.
Escuchar lo que necesitas.
Descansar sin culpa.
Volver al presente.
Dejar de sobrevivir en automático.
Permitirte ocupar espacio.
Escuchar tu intuición.
Dejar de abandonarte.
Porque habitar el cuerpo también es aceptar algo que a veces olvidamos:
la vida ocurre a través del cuerpo.
El cuerpo no es un obstáculo para vivir.
Es el puente a través del cual experimentamos la vida.
Es el lugar donde sentimos amor, deseo, placer y ternura. Pero también miedo, cansancio, duelo, proceso y expansión.
Es el lugar donde la intuición habla antes que las palabras.
Donde la verdad aparece antes de poder explicarla.
Por mucho tiempo nos enseñaron a desconectarnos de él. A ignorarlo. A controlarlo. A endurecernos para seguir funcionando.
Pero el cuerpo siempre recuerda.
Recuerda lo que callamos.
Lo que sostuvimos a solas.
Lo que no nos permitimos sentir.
Y también recuerda el camino de regreso.
El camino de regreso a nuestro bienestar.
A nuestra vitalidad.
A nuestra plenitud.
Y honestamente, sé que volver al cuerpo no siempre se siente cómodo.
Porque cuando realmente vuelves a ti, también aparecen las emociones que postergaste, el cansancio acumulado y la sensibilidad que aprendiste a esconder.
Pero también vuelve la vida.
Vuelve el sentido.
Vuelve la dirección.
Vuelve la pasión.
Y quizás sanar no siempre significa convertirse en alguien nuevo.
Quizás sanar es volver a habitarse.
Con honestidad.
Con presencia.
Con cuidado.
Con amor por quien eres.
Y con la disposición de volver, una y otra vez, a ese lugar donde la vida siempre ha estado ocurriendo:
dentro de ti.
Y quizás antes de preguntarnos cómo volver a nosotras, necesitamos reconocer dónde estamos.
Porque no podemos regresar a casa si no sabemos desde dónde estamos partiendo.
Si sientes curiosidad por explorar eso, preparé un test que puede ayudarte a ponerle nombre al momento que estás viviendo hoy.