El permiso de no saber todavía
Hoy quiero escribirte desde ese espacio tibio y vulnerable donde las certezas no llegan, pero la vida sí. Desde ese punto en el camino donde una no sabe exactamente hacia dónde va… pero sí sabe lo que ya no quiere. Y eso, a veces, es suficiente.
Me he descubierto en días así. Días en que el alma parece susurrar más que gritar. En que no hay una dirección clara, pero hay señales internas que dicen: “por aquí se siente bien”. Aunque no sea lógico. Aunque no lo pueda explicar.
Me he estado preguntando mucho últimamente: ¿Y si no saber es también parte del viaje? ¿Y si ese no saber es justo lo que nos permite estar más presentes? ¿Y si la claridad no llega por pensar más, sino por habitar mejor lo que sentimos?
Lo cierto es que estoy aprendiendo a confiar más en la brújula interna que en los mapas externos. Estoy dejando de exigirme velocidad. De pedirme garantías. De buscar validación en caminos ajenos.
Estoy, simplemente… estando.
Y en ese estar, me escucho. Me hago lugar. Me permito emocionarme por detalles, entristecerme por lo que ya no es, celebrar lo que sí.
Este proceso me está mostrando que no hay que tener todo resuelto para avanzar. Que se puede seguir sin correr. Que hay respuestas que no llegan en palabras, pero que el cuerpo ya sabe.
Si estás en ese lugar donde todo parece incierto, te abrazo.
Y te digo esto, como quien enciende una vela en mitad de la niebla: No saber todavía… también es una forma de sabiduría. Porque significa que estás escuchando. Que estás viva. Que estás abierta. Y eso ya es una revolución.
Con amor, Romy